La vida en un hilo

Un vistazo al infierno

Las palabras se las lleva el viento. Las imágenes son más difíciles de olvidar. Pues ni por esas

Por más que Dante Alighieri describiera en el siglo XIV con todo lujo de detalles los tormentos a los que serán sometidas las almas pecadoras, por más que Botticelli los documentara poco después sin ahorrarse horrores ni truculencias, el mal anida en la humanidad y nada le hace desistir. Ni siquiera la certeza de que para cada vicio habrá una condenación eterna. Lujuriosos, glotones, avaros, traidores, iracundos, corruptos, falsos, perezosos, violentos… todos se enfrentarán a su justa pena, pero no busquen ustedes en este Centro Comercial del Suplicio la sección destinada a los aburridos. No existe un infierno para ellos. Y no será porque no lo merezcan.

A igual que el gafe, al que no alcanzan nunca las calamidades que reparte entre sus semejantes, el aburrido es aquel que transita por su vida sin aburrirse jamás. No conoce el hastío ni el desánimo porque tampoco conoce el entusiasmo. Feliz en su indolencia, sin tacto ni sentido de la oportunidad, con su conversación insufrible o su falta de ella, si la suerte – la mala – nos coloca a su lado, convertirá una cena en una experiencia de penoso recuerdo.

Y de aburridos y de decisiones equivocadas en encrucijadas vitales va la película que encabeza esta entrada. La vida en un hilo.

La historia es deliciosa. Una reciente viuda, Mercedes, coincide en un tren con una extraordinaria vidente, Madame Dupont, que le adivina el pasado, no el que fue, sino el que pudo haber sido, si en un momento dado de su biografía – al visitar a una florista- hubiera aceptado la ayuda del chispeante Miguel en vez de la del sosainas de Ramón. La muchacha no sigue su primer impulso y opta después por el segundo, dictado por el sentido común. La sensatez, como tantas otras cosas, está muy sobrevalorada.

Y así nuestra protagonista, la exquisita Conchita Montes, en el papel de Mercedes, rodeada de personas muy cumplidas y llenas de virtudes pero incapaces de mejorar la vida de los demás, inicia su aventura conyugal basada en el conformismo, la falta de intereses y el tedio que caracteriza a los pobres de espíritu, y que se resume en el atentado a la vista en forma de reloj que preside el salón de la casa familiar, regalo de los compañeros de carrera de Ramón.

No adelanta ni un segundo, la belleza y la eficiencia no siempre van de la mano

Si piensan ustedes que la moda reflejada en una película de los años 40 está tan alejada de nuestros usos actuales como el polisón y el miriñaque, vuelvan a mirar.

Chaquetas masculinas de inspiración militar, abrigos de poderosa hechura, petite robe noire, vestidos lenceros, animal print

El responsable del vestuario es Julio Laffitte, un diseñador andaluz, contemporáneo de Balenciaga, que desarrolló su carrera primero en Paris donde dibujó figurines de teatro y de moda para casas de alta costura y posteriormente en Nueva York, diseñando nada menos que para los grandes almacenes Saks Fith Avenue con gran éxito. Finalmente, volvió a Francia y se hizo cargo de las colecciones de la casa Jean Patou. No fue el único español triunfante en el Paris de la primera mitad del siglo pasado ( Antonio del Castillo, Ana de Pombo, Raphäel... ) pero la inmensa figura de don Cristóbal Balenciaga los eclipsó a todos.

Preside la silueta uno de los elementos más recurrentes de la moda : las hombreras. Desde que se tiene constancia de la historia de la vestimenta, han ido y han venido, se han angulado y redondeado, han desaparecido y vuelta a aparecer. En 1945, este detalle arquitectónico estructuraba la silueta femenina en camisas, chaquetas y abrigos y la superposición de todas estas prendas te situaba en la línea ofensiva de un partido de fútbol americano. Nada que no viéramos ( y lleváramos ) cuarenta años después…

Como cualquier tendencia, la hombrera tiene muchos padres… y una madre: Elsa Schiaparelli, quien la incluyó en sus colecciones a partir de 1931. El cine hizo el resto. La angulosa Joan Crawford, dotada de unas espaldas envidia de un campeón olímpico de 200 metros braza, lució esta problemática área con descaro en vez de con disimulo, porque ya se sabe que la mejor forma de esconder un defecto es pregonarlo a los cuatro vientos. Pero la amiga Joan no llegó sola a esa conclusión. Adrian, mítico diseñador de Hollywood, fue el artífice.

Por modesto que fuera el fondo de armario, un buen abrigo era el deseo aspiracional de toda mujer. Se ahorraba para ello. El paño grueso de lana era la elección para la fémina sensata, había que rentabilizar la inversión.

Y si la dama era de posibles, el abrigo de visón era el summun, por aquel entonces nadie tenia reivindicaciones ecologistas y se lucían las pieles sin el menor remordimiento como prueba de status y poderío económico. Eva Duarte de Perón visitó España en 1947 y se dirigió a la multitud desde el balcón del Palacio de Oriente de Madrid con su espectacular abrigo de piel sobre los hombros. El pequeño detalle de que se tratara de uno de los más calurosos días de junio que se recuerdan en la capital no la desanimó. Sudores a Evita...O eres diva o no lo eres.

Solo una auténtica exquisita definiría en los tiempos actuales el conjunto de batas y pijamas como trousseau. Prueben a pedirlo así en la zona de alta lencería del Corte Inglés y la dependienta les hará la ola. El trousseau era el ajuar de ropa íntima que las más pudientes llevaban en los lechos conyugales, para saltar de la cama al desayuno con finura y distinción. Batas de satén y organza, mangas embellecidas por pliegues y grecas, delicadas transparencias, la ropa de casa era refinada y elegante, siempre para ofrecer un aspecto pulido al marido o a la servidumbre.

Y no puede faltar el vestidito negro, imbatible en elegancia un siglo después, « una suerte de uniforme para las mujeres de buen gusto «, en palabras de su creadora la inmensa Coco Chanel

Pero hay más detalles,: cinturones con cadenas que pasarían por la última colección de Isabel Marant, perlas mañana, tarde y noche, el omnipresente peinado con tupé que se conoció con el nombre de Victory Rolls, y por estos lares respondía al patriótico nombre de Arriba España, sombreros que desgraciadamente solo nos atreveríamos a lucir en ceremonias y a veces ni eso.

Me reservo para el final los broches. Estamos en un terreno no apto para timoratas, ya que este adorno conlleva una inmerecida fama de antigualla. Si hay alguien experta en el uso y manejo de ellos desde los años cuarenta para acá es ella, la única, la gloriosa Elisabeth II. No es para menos, cada prendedor con que nos deslumbra su graciosa majestad acabaría de pagar más de una hipoteca.

Porque los broches tienen una historia detrás, aún los más humildes. Porque no son un adorno más, son un tema de conversación.

El azar preside nuestra vida, pero con las cartas en la mano, nadie dice que tengamos que seguir en la misma partida, teniendo en cuenta que no se reparten dos vidas. A Mercedes, una oportuna pulmonía le quita de encima al pelma de Ramón, que, en realidad, no es una mala persona. Es patoso, simplón y carente de tacto. Si quieren tener un resumen de torpezas les recomiendo la escena del violinista. Porque, aunque la vida de Mercedes no es tan diferente con Miguel que con Ramón, es otra alegría, otra ilusión, en definitiva, otra forma de vivir.

Porque no es el Qué sino el Cómo. No es el Dónde sino el con Quién.

Diga lo que diga el carné de identidad siempre tenemos la vida por delante, pero no conviene perder el tiempo. Vénganse arriba. Atrévanse a animar este tugurio de aburrimiento en que hemos convertido el mundo actual. Aunque solo sea poniendo un broche en la solapa de su abrigo. Lo demás viene rodado.

¡ Feliz semana !

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