Se infiel y no mires con quién

La arruga es bella

En los años 80 la rotundidad de esta frase hizo fortuna en el Olimpo de la publicidad. La incongruencia de unir algo no deseado como la arruga con un anhelo como la belleza, sorprendió a la sociedad y trascendió más allá de los labios de su padre, el gran Adolfo Domínguez y su marca de moda.

Cuarenta años después, veo la sentencia reconvertida en un canto a valores como la madurez, el buen envejecer, la experiencia, el muy necesario sentido común al comprar… Maravilloso, pero no. La frasecita surgió para convencer a las reticentes compradoras de que el lino era y es una opción fresca y elegante, y que, a pesar de que al minuto de llevar puesta cualquier prenda de esta fibra se suele tener el aspecto de haber sido arrastrada por un pajar, esto forma parte de su encanto natural.

Dejemos la frase en su primer sentido. Larga vida al lino y abajo la plancha. Arrepentimientos, los justitos para no caer en soberbia. Y mucho menos en moda.

La moda, como bien saben, señoras, es el ejercicio de hacer sublime lo ridículo y viceversa.

Vamos a los 80: comenzaron con Lady Di y aquel estruendo de tafetán de seda el día de su boda en la catedral de San Pablo y terminaron con Madonna y el corsé con las tetas en punta de la gira Blond Ambition, y entre medias, todos los excesos que quieran, sirvan de ejemplo los más de 3.000 trajes diseñados por Nolan Miller para la inolvidable serie Dinastía.

Los ochenta son un punto de inflexión en la cultura española. Son tiempos de creatividad, de pasión, de locura, del gamberreo que alimentó la Movida, que fue aquel movimiento al que muchos dijeron pertenecer pero muy pocos pueden presumir realmente de haber formado parte de él. De mediados de aquella década es la película SE INFIEL Y NO MIRES CON QUIÉN.

Se trata de la adaptación cinematográfica de la exitosa obra de teatro del mismo nombre, en la mejor tradición del enredo amoroso. La chica, el chico, el socio, la amiga, el lío, la secretaria… todos confluyen en un espectacular piso donde no falta el postureo de una mesa de despacho de autor, sospechosamente parecida a un escombro.

Ana Belén es Rosa. Esta actriz, de refinado e inconfundible estilo, nos regala tres estilismos de su diseñador de cabecera:

  • Un vestido camisero de lino, en tonos tierra y rayas, de amplias solapas y enormes hombreras redondeadas,
  • Un vestido fluido en color topo, que solo puede sentar bien con una poitrine poco contundente, por aquello de no enseñar lo que no quieres por sus infinitas sisas,
  • Y lo que parece un vestido, pero resulta ser un mono de bermudas, suelto y corto, a grandes franjas de color azul y beige, a juego con chaqueta.

Todos los modelos son elegantes, contenidos, intemporales a pesar de las evidentes concesiones a la silueta de la época, a imagen y semejanza de la figura menuda de su inolvidable creador, el gran Jesús del Pozo.

De sus diseños decía «mis prendas no gritan ni han gritado nunca», lo que da una idea bastante aproximada de su carácter reposado y sobrio. Pionero en un mundo, el de la moda española del prêt-à-porter, casi sin referencias, se esforzó por afianzar una industria raquítica, porque entendió que la mejor tela se queda en paño mojado si no cuenta con un soporte empresarial que la sostenga. De su mente surgió la Pasarela Cibeles. Hoy su marca, tras haber pasado por las manos de Josep Font y convertirse en una de las favoritas de Melania Trump, se mantiene con el diseñador alemán Lutz Huelle.

Carmen Maura interpreta a Carmen, la amiga lianta e infiel, aparece vestida por Godelia, una boutique de moda especializada en trajes de ceremonia, que se mantuvo abierta hasta no hace mucho en el barrio de Salamanca en Madrid. Hay documentos de Rocío Jurado, la más grande, vistiendo sus creaciones. Los ochenta en estado puro, las hombreras para demostrar que más es más.

La inolvidable Chus Lampreave, la más auténtica de todas las chicas Almodóvar, es Adela Mora, la exitosa escritora que va a salvar la editorial de los protagonistas de la quiebra, de su ropa, según los títulos de crédito, se encarga Ana Lacoma, una mujer al frente de un taller que se dedica desde hace muchos años a algo tan complicado como hacer trajes espectaculares y cómodos para el teatro y la ópera. Vestida de verde esmeralda-¿cómo se puede estar poco favorecida con ese color?-para firmar el contrato o con un maravilloso abrigo blanco de manga francesa, el personaje de Adela está impecable. Pero es que Chus era mucha Chus, hasta con la bata remendada y las ligas por las rodillas llenaba la pantalla con su encanto.

Y rematamos con la escultural Bibí Andersen, más tarde reconvertida en Bibiana Fernández, un ejemplo de cómo sobrevivir a la Movida, con dignidad y sentido común, que viste un modelazo de Manuel Piña, solo apto para presencias tan rotundas como la suya.

Hace muchos años que Manuel Piña no está, víctima de aquella otra pandemia que sembró de miedo y de prejuicios aquella década. Tal vez resulte interesante recordar que, mientras oímos sonar las trompetas del Apocalipsis con nuestro coronavirus, el SIDA ha matado a más de 32 millones de personas y sigue siendo una pandemia muy, pero que muy activa, aunque ya no abra con sus cifras los telediarios.

Dicen los que saben de moda que Manuel lo tenía todo para triunfar. Era intenso, exigente, pasional y creativo, al que le faltó la salud y el indispensable colchón comercial para que su marca perdurara. «La moda se lleva, el diseño se siente», dijo al principio de su carrera. «Tengo sida y tengo vida» dijo al final, para reivindicar su trayectoria en la moda y que no fuera engullida por las connotaciones malditas de su enfermedad. En Manzanares, su pueblo, el museo dedicado a su obra no permitirá que esto pase.

«Y yo caí, enamorado de la moda juvenil…» que cantaba Radio Futura. Ya hemos dicho que arrepentimientos, los justos, pero tratándose de los ochenta, hay ciertas imágenes que admiten poca misericordia, no me hagan entrar en detalles. La capacidad de la moda para inventarse y reinventarse es infinita. Es banal y transcendente, es frivolidad y es cultura, está en la calle y en los museos. Pura contradicción. Pura diversión.

«Y si no hay viento, habrá que remar»

Eterno Manuel Piña

¡Feliz semana!

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